
Nos acercamos a ella para verla pintarse con su luz inmortal y nos enamoramos perdidamente de ella. Intentamos aproximárnosle para admirarla, para reconocer sus inverosímiles contrastes, su mar de indecibles colores, que se debaten entre el azul turquesa y el verde esmeralda. Sus atardeceres escandalosos. Sus montañas primigenias. Toda ella nos transporta a otra dimensión de la belleza, el placer y la pasión.
Pasión por
una tierra única, donde los paisajes brotan inesperados ante nuestra lente y
donde los sentidos no alcanzan a comprender tal esplendor. Aquí, el ritmo no lo
marca reloj o calendario alguno, porque las horas pierden su forma y carecen de
significado, como dice Kapuscinski, se vuelven lacias, como los relojes en los
cuadros de Dalí.
Andarla fue una experiencia
sensorial extrema: las hirvientes trochas de arena por donde ha transitado
muchas veces la historia, sus desiertos tachonados con cardones y trupillos, la
sierra nevada con todos los climas posibles, el convivir con kogis y arsarios
durante días y noches, con la exclusiva invitación a su cansamaría, un remojo en
los gélidos ríos de páramo, el divisar picos nevados sabiendo el mar a unos
cuantos kilómetros, el compartir la noche con las vívidas tertulias wayues bajo
una enramada y asechar animales nocturnos en la exclusiva serranía de la
Macuira.
El éxtasis llega con sencillez y sin esfuerzo al acompañar al pescador, con sus sueños y esperanzas, bajo incesantes chorros de luna, que ofrecen el máximo derroche de juegos celestes, en busca de su historia de vida o su sentido sin drama de la muerte.
De la riqueza biológica de la Sierra al sur, a las excepciones playas del norte, de las salinas del oeste, a las dunas del este, La Guajira reúne extraordinarias atracciones con que a manos llenas la ha colmado la naturaleza, pero que, en su magnificencia, pasan a veces inadvertidas.
La geografía entera de La Guajira, esa casa esquinera de Colombia, lleva extraños nombres para nuestros oídos. Los poblados reciben nombres como Carraipía, Chimare, Mayapo, Urumita, Cotoprix, Ullimaka, Yinguamaro; los cerros Huarech, Jihouneo, Parahi o Simarúa. Con sólo estos nombres podrían tejerse harmoniosos versos cargados del hechizo sinfín de este lugar.
Es esa magia la que intentamos pintar aquí, es el alma de un pueblo que ansiamos irradiar al resto del país y otras lejanías.
Los Fotógrafos