Ultima Fecha de Actualización Abril 20 de 2006

El Tigre no es como lo pintan. Los 4x4 tampoco.
Ana María Pacheco
Llevo una semana contenta, contenta, insospechadamente contenta. En efecto, he visto mi sonrisa renovada incontables veces desde que hace 6 días me embarqué rumbo a Caño Viento, Vichada, en compañía de un grupo de 15 bichos disparejos que iban desde los 73 hasta los 6 años. Nos fuimos juntos, sin casi conocernos, para probar suerte de viajeros aventureros a bordo de 7 vehículos 4x4. Sorprendente. Tenía muchos prejuicios cuando el sábado antes de semana santa me monté al Nissan Patrol de Rafael Quijano, alias Pulgarcito, muy a las 6:00 a.m. rumbo al punto de encuentro sobre la carretera a Villavicencio en donde debíamos entregar a los miembros de la Expedición Caño Viento – Invierno 2006 su hoja de ruta, llenar las inscripciones y tapizarles los carros con calcomanías de la expedición y de Expeditions 4x4, la empresa fundada por Quijano para realizar todo tipo de eventos relacionados con el estilo de vida Off Road. Por aquello de los prejuicios, muchas diferencias tenía pues que digerir para lograr gozarme el asunto: me aterra la tecnología y mucho más me asustan los niños grandes con juguetes costosos como aparatos satelitales, motores poderosos y ruidosos escapes; no entiendo muy bien tampoco el afán de arriesgar la vida por unos momentos de adrenalina; no me entusiasma del todo la idea de pasar horas al borde de una carretera, bajo la lluvia, en mitad de ninguna parte, tratando de sacar un carro del barro, máxime si su conductor lo metió ahí por puro y físico gusto. Bichos trogloditas todos estos que iban conmigo a este paseo porque lo que los congregaba –pensaba yo-, eran esta serie de cosas incomprensibles para mí. Fui, en todo caso, primero porque yo también tengo lo mío de aventurera, segundo por el Vichada y todo lo que me hace recordar y, tercero porque “¿porqué no?”.

El camino se encargó de ponerme de rodillas y con el lento pero irrefrenable derrumbamiento de todas mis preconcepciones fueron apareciendo gustos nuevos sobre todas ellas: hoy en día me fascina la exactitud de los sistemas de posicionamiento globales o GPSs y la posibilidad que saben abrirle a cualquiera que quiera hacerse su propio camino –aunque creo que nunca seré buena navegadora porque vivo en otro planeta-; disfruto del ronroneo de las máquinas que me llevaron tan lejos y puedo entender la goma por cierta sonoridad bien ponderadita que le hace sentir a uno que puede llegar porque hay una máquina que aguanta; me encantó estar rodeada de niños grandes para quienes ayudar durante horas a unos campesinos en medio de la nada a sacar su carro de una tronera fue la oportunidad perfecta de compartir sus juguetes y la expertisia que habían logrado, justamente, jugando con ellos y, por si fuera poco, me divertí también peligrosamente haciendo vídeos de la caravana levantando polvo, con más de medio cuerpo por fuera del carro y agarrándome con las uñas de los pies para no salir disparada por la ventana.

Todo empezó rumbo a Yopal, donde dormimos las primeras dos noches para poder disfrutar del rappel, el rafting, las caminatas ecológicas a cascadas y cuevas de guíos y para disfrutar del paisaje inigualable del piedemonte. Aquí también empezamos a conocernos, sentados en un andén tomándonos unas llaneritos que nos calentaron la palabra y nos ayudaron a “mirar” (como dicen los llaneros) que, efectivamente, éramos todos seres muy distintos pero unidos por el mismo propósito de camaradería y aventura.
El tercer día de expedición arrancamos madrugados para Orocue. Paramos por el camino en el parque ecotemático Wisirare, donde apreciamos la fauna de la sabana: caimanes, garzas moras, corocoras, tijeretos, marceros, alcarabanes, cardenales, tortugas, guereres, caicas, arrendajos y, claro, vacas, salieron a nuestro encuentro y nos deleitaron con su existencia. En Orocué el atractivo fueron el majestuoso río Meta y sus historias. Allí, en una ribera, bajo el árbol de Coracora, Jose Eustacio Rivera se sentó a escribir La Vorágine, dejándonos para siempre un testimonio de la vida del llano a principios de siglo. Hoy, recién llegada de los parajes e historias que narra Rivera en su libro y leyéndolo con avidez nuevamente, me parece que uno de los encantos del llano es que el tiempo pasa más lento pues todavía pueden apreciarse usos y costumbres que el resto del país, mayoritariamente urbano y globalizado, han dejado en el olvido.

La mañana del cuarto día nos embarcamos en un planchón hacia El Porvenir, con destino al Viento. Comprobamos la sutileza con la que se van abriendo en infinidad de trochas las carreteras de la zona pues se nos perdieron en un abrir y cerrar de ojos dos de los carros. La espera y la angustia que nos produjo que uno de ellos no contara con GPS se vieron recompensadas con la visita a la Laguna de Carimagua y el baño en la piscina natural construida en torno al moriche. Sentados a la sombra, bajando toda la fruta que nos cupiera en la panza, estoy segura de que a más de uno se le vino la pregunta de porqué no vivimos todos mejor, más cerca de esa brisa y de esa calma que hace que los afanes de la vida urbana parezcan cosas de niños malcriados. Partimos rumbo al Viento, donde hicimos una parada en la escuela Silvino Caro para entregar la donación de útiles escolares, material didáctico y ropa que recogimos entre todos los expedicionarios para apoyar la labor de las hermanas Carmelitas Misioneras con los 176 niños que atiende la institución. Llegamos felices y cansados a la finca Los Gansos donde armamos nuestros campamentos y nos dispusimos a disfrutar de tres días de recorridos y de 4x4. Hasta ese momento, de lluvia nada… los pilotos, ávidos de fango y retos, estaban un poco desilusionados del elusivo invierno. Por fin el jueves llovió a cántaros y tuvieron la oportunidad de dejar los carros como más les gustan: cubiertos hasta el techo de capas y costras de arcilla y tierra. Debo confesar que a mí hoy también me parecen más lindos así. Ese día visitamos también una de las bellezas más puras que haya visto hasta ahora: la laguna de Guacamayas. Tratando de llegar a la orilla con el barro a la cintura (aquí ya no hay 4x4 que valga), se pregunta uno como hicieron los descubridores locales y foráneos para irse adentrando en nuestra geografía a pesar de la exhuberancia con la que parece defenderse del avance de los seres humanos.

Durante estos últimos días también visitamos el Centro Experimental Gaviotas, nos bañamos en cuanto moriche encontramos y disfrutamos de nuestra compañía, siempre plagada de risas y sorpresas. En ese terreno de lo humano nos encontramos con vitalidades increíbles como la de Heriberto, de 73 años, quien no dejó ni un minuto de divertir a la tropa imitando a Martín, hombre de negocios atado irremediablemente a su teléfono satelital. A Don Heriberto, en cambio, manejar sus negocios le salía mucho más barato: cualquier zapato o cualquier mango le servían para hablar con la finca, ordenar que le cambiaran las vacas de potrero o que le vendieran estas acciones para comprar de esas otras. Nunca dijo que no a nada, a todo se le midió con la mejor disposición de compartir con todos la alegría de una vida bien vivida. Otro tanto podemos decir de James y Carmenza, una pareja excepcional de vallunos que se apuntan a cuanto paseo de 4x4 se les aparece, de Richard y Ximena, quienes también se dedican a buscar paisajes y retos cada vez más distantes. Podría seguir contando las particularidades de los expedicionarios pero en realidad ese es un paisaje que nunca nadie volverá a visitar como yo lo conocí, así que es mejor dejarlos con la intriga de cómo será la próxima expedición y de quiénes adornarán en esa oportunidad sus recuerdos y sus ganas de explorar el mundo sin pasaporte que ofrece Expeditions 4x4.

Las cosas de la expedición que supuestamente no me iban a sorprender también me dieron por la cabeza y le sumaron a mi felicidad: la inmensidad del llano y todos sus matices desde el piedemonte hasta las llanuras, los bajos y los esteros (que son mis lugares favoritos del mundo); las vacas y su novelería porque contra todo pronóstico, resulta que las vacas son casi tan curiosas como los humanos; la emprendedora organización de gente como la de la Corporación Guío y las empresas faraónicas botadas en mitad de ninguna parte como Gaviotas, Carimagua o Wisirare, en donde visionarios deciden hacer turismo de aventura, extraer colofonia y trementina de los árboles, estudiar el germoplasma del marañón ó cuidar caimanes y pájaros miles (¡miles!) simplemente porque allaaaá es que les gusta más la naturaleza, porque el corazón se encontró en ese rincón del planeta con la oportunidad y entonces hay que hacerle; los viejos cerveceros de El Porvenir que me devolvieron la billetera que había dejada olvidada en una tienda y que se contentaron tanto cuando en vez de la propina que me estaban pidiendo los cogí a picos; el chimú y la alegría que provoca escupirlo; el miedo que causa la sola idea de encontrarse con un guío mientras uno tiene las piernas enterradas hasta la cadera en el fango y tiene a tiro de pájaro el rastro serpenteante que dejó al pasar hace poco uno bien grande y, más aún, lo poco que puede el miedo si más adelante se extiende la posibilidad de llegar todos en patota al borde del paraíso. Algunas de estas cosas ya las había visto y de casi todas había oído hablar pero, aún así, haberlas sudado, saboreado, olido y tocado me transportó a espacios de contemplación, serenidad y entusiasmo que sobrepasaron mis expectativas. Todas cosas que estarían fuera de mi alcance y del de casi cualquiera si no existieran los 4x4, ni los conductores que saben navegar por carreteras que se abren en decenas de trochas hacia un horizonte circular que todo lo vuelve plano, ni los aventureros que se apoyan solidariamente en la empresa de acometer un camino poco explorado haciendo de lado sus diferencias para que el grupo llegue a su destino lo más contento posible. Todo gracias a soñadores que creen que se puede vivir de hacerle la vida más emocionante a la gente que tiene un 4x4 y no lo usa todo lo que podría.

También sabía de antemano, cómo ignorarlo, que vivo en un país lleno de restricciones, guerras y desencuentros. Y que allá al oriente, en esas zonas poco densas e inescrutables, aumenta la probabilidad de que la realidad nos rompa la nariz de un portazo. No obstante, durante la expedición no encontré sino huellas “sutiles” de todo eso: la pujanza del Casanare enfrentada a la pobreza del Vichada, la ausencia absoluta de mendigos en Yopal, el ejército y sus retenes y, sobretodo y muy tristemente, la falta de turistas. Me sorprendió la naturaleza de las evidencias porque diez años antes no se podía obviar que el de sombrero de la otra mesa era Sutano y estaba en cosas malas, no había ejército suficiente para garantizar el tránsito seguro después de cierta hora por las carreteras y los turistas, como nosotros expedicionarios, eran más que escasos, impensables. Ha habido un cambio al cual ojalá sepamos dar un ritmo sostenible hacia mayor libertad, justicia y orden y que aprendí que podemos también contribuir a fortalecer tomándonos el país con la alegría de recorrerlo, admirarlo y protegerlo. Podemos, digo, porque no solo pudimos pasar 6 días del timbo al tambo sin novedades en el frente (a no ser por la solidaridad y buen trato de la gente a la que visitamos) sino que me queda la sensación etérea de que todo lo malo que queda por convertir en virtud está más cerca de transformarse que de quedarse anquilosado o, peor aún, de volver a crecer.

Hasta aquí, como podrán ver, solo tengo para referirme a la expedición palabras gratas pero no por eso dejaré de ser crítica. Solo que esta vez, para honrar el desmoronamiento de mis prejuicios, haré las observaciones sobre mi propio estilo de vida. Lo negativo entonces de la experiencia es que seamos tantos viviendo cada vez más de la misma manera, con casi los mismos horarios, los mismos códigos para todo, las mismas divas, las mismas calles asfaltadas para que la sustancia no se nos cuele en la rutina a hurtadillas, las mismas diversiones a medias, de esas que se consumen y se esfuman, cada vez más lejos de la posibilidad de abrir los brazos y estar solos sin estar con ello aplastando el espacio vital del vecino. Que seamos tan pocos los que podemos escapar de la monotonía, que hayan tantos que no conocen ni mar ni montañas y para quienes la repetitiva sucesión de los días se ve solo interrumpida por la urgencia de la supervivencia y la esporádica presencia de unos que vienen a traer donaciones siempre insuficientes y a pasarla bueno.

 

Malo también no tener más tiempo para dedicarme a la sencilla contemplación de lo que existe en compañía de la libertad de Ricardo Corazón de León, de los ojos transparentes y generosos de Ximena, de la fuerza de Martín, de la independencia de Valentina, de la noble ternura de Felipe, del amor de Memo y Caro, de la solidaridad recia de Doña Adelina, sin la risa cómplice de Mauricio, la picardía de Camila, el humor y la pasión por la alegría de Don Heriberto, la sabiduría de Carlos, la entrega y dedicación de Pato Banton, el abrazo maternal de Carmen ni la generosidad de James y, por supuesto, sin la emprendedora intuición de acero de Pulgarcito.

Lo que más lamento: no ser la feliz propietaria de un 4x4 para arrojarme más seguido a la sorpresa de convivir con un montón de desconocidos que acuden al llamado instintivo del gregario que todos llevamos dentro, por definición humana, para tratar de apoyarnos unos a otros, como Dios manda, hasta llegar al infinito y más allá. Por lo pronto, llegué derechito a pegarle una calcomanía de Expeditions 4x4 a mi bici (que me quedó torcida y llena de burbujas) para que cada vez que me de el viento en la cara se me vengan a la memoria mis amiguitos de juguetes más grandes que los míos y que me llenaron de tantos cariños y generosidades.

¡Ah! Y para hacerle honor al humor negro de Santiago, tengo que reconocerlo: malo también, llegar después de una jornada entera de nalga y acelerador a ver unas garzas a oscuras y malo tratar de nadar en un charco empozado. De resto… ¿Para dónde es que nos vamos la próxima vez y cuándo arrancamos Rafa?